Jorge Aon: Texto olvidado

LOS DÍAS MAS LOCOS DE MI VIDA
* Revista Cerdos y peces Nro. 34 enero 1991
(Jorge Aon seguramente es un pseudónimo por que a primeras es anónimo)

Yo estaba dando una de mis habituales conferencias sobre “El origen de la palabra” en la facultad de periodismo de La plata y estaba usando los trucos de siempre para producir en los oyentes intensidades efímeras generadas por el efecto despiadado que las palabras ocultan tras su paisaje. Asustaba al intelectual, gambeteaba al peleador, animaba al timido y fue entonces que desde el fondo de la sala, se irguió la pantera.

Era una de esas pesadillas de mujer, una hechicera bellisima, con ojos que miraban desde la estrella Sirio, una piel que erizaba a metros de distancia, y ese andar, una pantera que yo espié por las hendijas de mis ojo, mientras la mirada simulaba otra cosa, mientras la mirada de todos veía como aquel maravilloso animal se sentaba a mi lado y se agazapó ahí, mientras yo tardaba como quince minutos más para dar por terminada la charla.
Y siguió ahí cuando me rodearon los pescados para preguntarme lo que ya sabían o lo que no se puede saber o lo que para que mierda sirve saberlo. Y cuando se fueron, simplemente tomó mi mano como si fuera un guante, puso mi dedo indíce entre sus labios y se bebió mis escalofríos. Anoto la dirección de su casa en un papel, me dijo que me esperaba hasta cualquier hora, me pregunto que me gustaba beber y si a mi me parecía imprescindible que tuviéramos que hacerlo la primera vez.
Me fui a soñar a un bar, a fanfarronear con mi suerte y a la madrugada le toque el timbre, se escuchaba la música de Janis Joplin y voces de chicos seguramente anarquistas o punks o idiotras estudiantes, es todo la misma boludez de siempre, me dije.
Pero en cuanto echó a los chicos y me miró, entregada como una esclava a su fatal destino y nos besamos hasta despegar del piso supe que no, que toda mi vida se habia ido a la mierda y ya no podía encontrarla. Se bebió mis dedos hasta dormirse, y cuando al otro dia me dejó visitar lo que viviía abajo de su bombacha me desgarre de dolor, el dolor de la esclavitud, de tener que amarla para siempre.
Me quedé a vivir en La Plata. Todas las mañanas me despertaba y sobre la mesa de luz estaban mis imparciales cincuenta dólares y toda esa saliva humedeciendo mi cuerpo. Una semana o dos. Y todas las mañanas ella se iba, y quedaban los cigarros, los dolares y la saliva.

HASTA QUE UNA TARDE
Cuando ya habíamos sacado un pasaje a Estambul y dibujado el mapa de la vuelta al mundo con escalas en Honolulu, Praga, Sofía, Granada y Lisboa antigua; Estaba yo sentado al atardecer en el “Boulevard del Sol”, ensoñando con esos ríos de saliva, aceptando ya que todos los días el mundo era una concha nueva; Cuando el Puto Triste se me sentó en la mesa.
-Dejame aquí, estoy muy sólo- y puso sobre la mesa un puñado de dólares del tamaño de las obras completas de Freud.
Mientras le decía alguna frase inteligente al Puto Triste, la urraca almacenera que se esconde en todas las partes de mí, hizo una suma en el aire de lo que contenía aquel fajo.
“Veinte mil dólares” – me dije y cuando termine de decírmelo ya estábamos tomando champagne en Villa Gesell con el Puto Triste. A mi pantera le dejé un mensaje misterioso y mágico: “Después vuelvo”. Como el apostador de Dostoievsky me jugué aquellos pezones que metía en mi culo, aquella concha mutante que cambiaba de tamaños y paisajes, y esa mirada que me hundía en un pantano de mesacalina, me lo jugué todo en esas mesas de “Barakus”, invitando champagne a cada una de las sonrisas que nos sonreían, a cada una de las bombachas que se humedecían cuando sentían el aroma de los dólares, toda esa masa de indignos que se regalaban por un Daiquiri, dando propinas de cinco mogras, mientras el Puto Triste mamaba 35 pijas por día en el baño, hasta intoxicarse de semen, y fue ahí que apareció aquel petiso canoso, que nos hizo una seña y que no sé por qué mierda lo seguimos y nos llevó hasta una piecita roñosa y revisó unos trapos, y saco una especie de juguete de plástico, largo y finito y nos dijo “300 dolares” y el Puto Triste para sacárselo de encima le compró aquella porquería y la envolvimos en unos trapos y la guardamos atrás de la barra de Barakus. Esa noche fuimos a la playa rodeados de esclavos, pagábamos cien dolares por cualquier cosa que nos hicieran sentir.
Al otro día, sucedió la tarde mas hermosa de mi vida.
No pasaba nada. Era gratis. Todo estaba inmóvil y yo y mi amigo, el Puto Triste, dejamos de sentir esos impulsos constantes de tener que hacer algo. El aire era heroína. El show estaba en otra parte y la mirada del universo nos dejó por un rato.
Esa noche, no sé cómo fui tras la barra y saqué los trapos. El juguete no era una curuta de platino, o un Pinocho, el juguete era una ametralladora. ¿Que mierda estaba haciendo yo con eso en la mano?
-¿Que mierda estas haciendo con eso en la mano? – me dijo el Puto Triste. Y así nos cagamos la vidurria, por que no sé si todo el universo pero toda Villa Gesell se quedó en silencio y nos miró.

¿POR QUÉ ERAMOS EL MALDITO SHOW?
Mientras todos huían, nos sentamos en la mesa de siempre y lagrimeando nos tomamos un champagne.
-¿Donde mierda está el gatillo? dijo el Puto Triste hasta que cuando lo encontró le apuntó al estúpido mimo que todos los días hacía show en la cuadra y lo hizo meter bajo la mesa para que le chupara la pija mientras esperábamos a la policía.
Y ahí no pudo ser. Porque mientras la gente corria y aplaudia y saludaba era por que no se habían dado cuenta un joraca de nosotros y la ametralladora. Era el presidente Medina que venía caminando por la tres dando la mano a uno y a otro y pajeándose mentalmente con cuanto culo veía.
Y ahí nos miramos con el Puto Triste y los dos pensamos lo mismo, pensamos: “¿Donde mierda está el gatillo?”.
Y lo encontramos rápido, y sin levantarnos de la mesa, sin que el pendejo dejara de chupar, sin que se me moviera el pulso para beber mi champagne, le metimos al hijo de puta 57 balas en todas las sonrisas de mierda que tenía por cuerpo. Y justo cuando cayó muerto, cuando todo Irak festejaba y gritaban ¡Ole! en Madrid, justo ahí se acabó la bolsa, no quedaba una maldita raya y no era Villa Gesell, era la Paz y no era un Puto Triste, era un estúpido poeta que me hablaba, y no era una pantera, era esa estudiante de psicologia que es mi novia hace dos años y estábamos hablando, justamente de ir a comprar otros 30 mogras a la casa del petiso canoso.

JORGE AON

(Puse una foto de Charles Manson por que parece re duro)

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